Durante mucho tiempo se nos enseñó a desconfiar de las emociones, como si sentir demasiado fuese un signo de debilidad o irracionalidad. Sin embargo, la evidencia psicológica lleva décadas mostrando lo contrario: las emociones son una herramienta fundamental para comprendernos, adaptarnos y tomar decisiones.
Es decir, no hay emociones “buenas o malas” (aunque algunas sean más desagradables que otras)
Lejos de ser un obstáculo, las emociones cumplen funciones esenciales. El miedo nos protege ante el peligro, la tristeza nos ayuda a procesar pérdidas, la rabia señala que algo importante ha sido vulnerado y nos ayuda a poner límites y la alegría refuerza aquello que favorece nuestro bienestar.
Uno de los trabajos más influyentes en este campo fue el de Antonio Damasio y colaboradores, quienes demostraron que las personas con lesiones en áreas cerebrales implicadas en el procesamiento emocional podían razonar de forma lógica pero tenían enormes dificultades para tomar decisiones cotidianas eficaces. Sus hallazgos evidenciaron que sin emoción no decidimos mejor; decidimos peor (Bechara et al., 1997).
Escuchar nuestras emociones no significa actuar impulsivamente ni dejar que nos controlen. Significa aprender a reconocerlas, comprender qué información contienen y utilizarlas como una brújula interna.
Porque sentir no nos hace débiles.
Nos hace humanas.
Y aprender a escuchar nuestras emociones suele ser una de las formas más profundas de empezar a cuidarnos.
Referencia APA 7
Bechara, A., Damasio, H., Tranel, D., & Damasio, A. R. (1997). Deciding advantageously before knowing the advantageous strategy. Science, 275(5304), 1293–1295. https://doi.org/10.1126/science.275.5304.1293
